Cuentos del Jíbaro, de Juan Gracia Armendáriz, me tiene hace un buen rato atrapado, saltando de relato en relato de atrás a adelante y volviendo hacia atrás. No da para mucho más (que para un rato largo de lectura quiero decir, porque su tejido de disfrute es harto elástico).
Se trata de un librito de microrelatos originariamente difundidos a través de correo electrónico por la editorial Demipage que he descubierto por casualidad. Por mis manos pasan cada día muchos libros, y algunos consiguen captar mi atención atravesando el campo de fuerza de las horas laborales. Es el caso de esta cuidada edición.
El microrelato es un género arriesgado, uno debe demostrar toda su valía en pelotas frente al lector, y Juan Gracia Armendáriz sale airoso de la prueba: sugiere pasados, construye personajes y hasta nos regala descripciones en obritas de uno o dos párrafos.
Un rato de literatura delicioso de ecos borgianos. Que no es poco, claro.

Seguro que os ha pasado mil veces el conincidir en una exposición con un grupo guiado. A mi en ocasiones me ha gustado disfrutar de las explicaciones del guía de turno, ha enriquecido mi experiencia aportandome información sobre el autor o la obra que estoy viendo. En otras ocasiones sin embargo la misma circunstancia se me ha tornado desagradable por intrusiva. Uno va a ver una exposición tranquilamente y tiene que aguantar los gritos de un grupo que muchas veces se ha apuntado a la misma como quien se apunta a una excursión campestre, sin saber a que merendero toca viajar. Por no hablar de como los grupos acaparan los expositores y te echan de manera abusona de la vitrina que tratas de ver.
Ayer estuve viendo la exposición de Duane Hanson en la Fundación Canal. La verdad es que desconocía la obra de Hanson y consiguó interesarme. Se trata de esculturas en poliester a tamaño natural de personas corrientes y molientes, americanos del montón que podrían representar el sueño americano cuya mirada destruye dicha posibilidad. Es una obra cimentada en la contracultura americana, sobre la popularización del objeto artístico después de la postguerra. A mi me recordó mucho a cierto cómic underground, a American Splendor de Harvey Pekar concretamente.
Y sucedió. En el transcurso de mi visita a la exposición apareció una nutrida excursión de señoras mayores con un guía gritón al frente. Me echaron de varios de los expositores como era de esperar pero a cambio me enteré de algún detalle curioso como que las esculturas de Duane, que están vestidas con ropa real, son tan hiperrealistas bajo la misma como en las partes accesibles a la vista.
Ante una de las obras, una que representa a tres obreros de la construcción descansando después de haber dado buena cuenta de la comida, el guía dijo a las espectadoras que si bien la estampa podría a primera vista representar un grupo de cualquier país, fijándose un poco advertirían detalles que mostrarían la escena como inequívocamente americana: un paquete de Marlboro, una caja de pizza, una bolsa de doritos...
Esta afirmación que hasta hace pocos años podría ser cierta – qué era más carpetovetónico que un bocata y una litrona en una obra- se aparece ahora un tanto inocente. Cualquier buen observador (como los que abundan por cierto en las obras) sabe que ni la pizza “encajetada” es ajena a nuestros paisajes ni nuestras obras son ya dominio de hombretones nacidos en la piel de toro, fumadores de Bisonte y bebedores de vino en bota.
Cosas de la globalización que hace diversas las pieles y sin embargo homogeiniza.
Ayer Raimon volvió a la Complu por los fastos de la cosa del 68. Mucha nostalgia y poco revival de lo mejor de aquellos días me parece a mi. Viva la revolución pop. Os dejo eso sí una versión curiosa de Al Vent ¡en japonés!
Hoy en una conversación deliciosa con Nieves de El planeta de los libros hablábamos entre otras cosas sobre los pocos columnistas actuales que nos interesan. Pensándolo en casa he recordado una columna de Alberto Olmos de el otro día que me gustó mucho. Por como está escrita más que por lo que dice, porque nos recuerda con lo que dice lo que todos pensamos (aunque no digamos), y porque me ha recordado una cita impagable de Paul Valery: lo más profundo es la piel. Mejor diho imposible.
Curiosamente otras columnas de Olmos no me habían llegado a tocar nada. Nada me decían.
CUALQUIERA TE DICE NADA// ALBERTO OLMOS
Quítate la ropa: este es el mandato de la temperatura que acaba de caernos encima. Nuevamente la primavera pone los cuerpos en su sitio y todos aquellos que gozamos de la zozobra del sexo nos encontramos cara a cara con la carne. Este artículo va de follar.
Dos pulsiones mueven el mundo: el dinero y el sexo. El dinero tiene en este periódico su sección específica; el sexo está en todo el periódico, incluso cuando este diario haya renunciado al usufructo de los mensajes de contacto. Somos la carne que nos queda, el deseo polinizador y la deriva de perdernos entre esqueletos calientes. Eso lo sabe el periódico, la televisión y cualquier producto a la venta. Muchas veces no se dice, pero todo lo que nos habla y nos tienta, lo que nos convoca, lo que nos pide su voto o nos da trabajo, musita subliminalmente misterios de sexo.
Porque somos superficiales, y porque lo más profundo es la piel (Paul Valery), no vemos políticos en los políticos, ni arte en el arte, sino lo buena que está Cayetana Álvarez de Toledo y lo mono que es el cantante de Mgmt. Jugamos a GTA para seducir prostitutas de lujo; bebemos y nos drogamos para ligar; cuando nos miramos en el espejo, nos estamos deseando buena suerte en todas las citas.
Lo banal es nuestro sino, y aunque muchas veces nos sentimos avergonzados, en el fondo nada hace tan feliz como ser tocado y hasta utilizado por otra persona. En medio de la vida, nuestro cuerpo pide paso.
Bitácora de Eltránsito.
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